Diario




La generosidad, el desplante y la provocación
Raúl Silva
Hace un año desapareció del planeta Tierra el escritor chileno Roberto Bolaño.
Pensar que se fue a otra galaxia es un pensamiento que no incluye consuelo
alguno, tanto para quienes lo quisieron, porque lo vivieron de carne y hueso,
como para sus lectores Pero si no hay consuelo alguno, si permanecen diversas
formas de la generosidad, el desplante y la provocación, contenidas en sus
novelas, poemas, cuentos, ensayos y exabruptos.
Bolaño vivió en México hasta mediados
de los 70 y fue, junto con el poeta Mario Santiago Papasquiaro,
uno de los fundadores del Infrarrealismo, un
movimiento que aun no figura en los libros
de texto, pero que sin duda encierra algo de esa “realidad de la belleza,
luciérnaga fugaz”. Ya llegará la hora en que la poesía ajuste cuentas consigo
misma y descubra lo que esos forajidos escarbaron en la realidad, hasta
encontrarle médula, su agave.
En entrevista para Radio Francia
Internacional, difundida en diciembre del año pasado, Roberto Bolaño recordó
sus días por estas tierras: “Para mí, México es un país formativo por
excelencia. Llegué a los quince y regresé a Chile a los 20. Luego del golpe de
Estado que terminó con el gobierno de Allende, volví a tierras mexicanas.
México fue la gran ventana para descubrir no sólo sus regiones sino a
Bolaño
comenzó su ascenso en el hit parade de las letras
universales a partir de 1998, cuando Anagrama publicó en España Los detectives salvajes, una novela que contiene
la posibilidad del goce ante la hechicería del bien contar, aunque brevedad le
faltó.
Hace
unos días, M. A. Coloma publicó en El Periodista de Chile una forma de homenaje
para Roberto Bolaño. También, hace poco Anagrama lanzó desde España un nuevo
libro, la colección de artículos y otros textos periodísticos: Entre paréntesis. Como una manera de reproducir el gesto, va por aquí
unos fragmentos del texto que Coloma tituló: Imprescindible:
“En 1996 Roberto Bolaño publicó un engendro literario titulado La
literatura nazi en América, e irrumpió como una bestia en esa pequeña casa de
adobe en que vivía amontonada la literatura chilena. El portazo se escuchó en
todas partes. En los siguientes siete años, se despachó varias novelas y
algunos libros de poesía, ganó el premio Herralde y
el Rómulo Gallegos con Los detectives salvajes, conquistó lectores a diestra y
siniestra y se convirtió en un polemista incómodo pero adorable. Hasta que el
año pasado, la muerte -que en verdad nunca ha sido muy fanática de los grandes
escritores, o quizás es al revés y por eso se lo llevó- le dijo ya es
suficiente. El escritor que había salido de Chile cuando era muy joven para ir
hasta México y quedarse enredado en la rebeldía de una generación de poetas veinteañeros y que luego se arrinconó para siempre en un
pueblo de la costa catalana llamado Blanes, murió en
una clínica de Barcelona cuando tenía 50 años, una novela inconclusa y un
hígado malo.
Ha pasado un año, y a estas alturas uno no sabe si referirse a él como escritor
a secas, un escritor romántico o un melancólico irresponsable (Brodsky Dixit, que fue su amigo),
como un héroe (Brodsky también, aunque no es el
único), como una leyenda o como un mito, en el caso de que sean cosas
distintas. Por otra parte, más allá de los adjetivos que acompañen su nombre,
tengo la sensación de que hablar de él suelta la lengua, como si el articulista
ocasional se sintiera en una situación privilegiada para esgrimir querellas de
cualquier tipo. Lo digo porque ya parece un cliché, cuando alguien escribe
sobre Bolaño, descalificar a un tercero, posando de inteligente, como si hablar
del occiso fuera algo parecido a tener una metralleta en las manos.
cONTINUARa