La misma tierra

 

Por Raùl Silva

 

Frente al Palacio de Bellas Artes, el poeta Jaime Reyes se fuma un cigarro y mira hacia el Monumento a la Revolución. Está esperando a los zapatistas, que en ese momento caminan rumbo al zócalo por algún lugar del Paseo de la Reforma. Son 1111 zapatistas, hombres y mujeres indígenas con pasamontañas y paliacates rojos, que hace una semana salieron de sus comunidades en Chiapas y ayer por la noche durmieron en Tepoztlán, Morelos. Son muchos quienes se han reunido para recibirlos. Hoy es 13 de septiembre de 1997 y los que esperan la caravana frente a Bellas Artes comienzan a bailar con la música que improvisan las manos, el saxofón de Arturo Cipriano y las décimas de Chuchumbé

            Jaime Reyes sigue mirando hacia el monumento. De pronto, a lo lejos, por la orilla de la Alameda aparece un bastón de madera, que como timón hace navegar el barco ebrio de Mario Santiago Papasquiaro, poeta infrarealista. (Hace muchos años, Mario no alcanzó a hacerle la faena a un motor veloz y algo se le descompuso en el esqueleto). Ahora se acerca de tres en tres pasos, uno de palo, y todavía no llega hasta Jaime cuando lo reconoce, comienza a reirse y gesticula arrugando la cara, haciendo señas como quien dice: “aquí andas, cabrón”.

            Los poetas se saludan.

-         ¿Cómo estás? – pregunta Jaime.

-         Aquí, pisando la misma tierra que tu –responde Mario sin parar de reir.

Luego saca una cuartito de tequila y le da un trago, estira la mano con la botella y la ofrece, pero Jaime la rechaza con un movimiento de mano. Se quedan callados y el rumor de la música se entremezcla con el tráfico que envuelve a Bellas Artes. Al rato, los amigos ya están hablando de dos mujeres escritoras y de sus maneras de morir, el afecto irremediable por el suicidio o la seducción por el reconocimiento. Como un boxeador que esquiva jabs y uppercoats, Mario se mueve sobre la tierra que pisa y no deja de reir, desenvolviendo la historia de ese suicidio por afecto.

            Ahora, los dos poetas están muertos, pisando la misma nube.